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Homilías

La Homilía: Es un discurso que pronuncia en público un sacerdote y que contiene explicaciones o instrucciones sobre ciertas materias religiosas, a menudo relacionadas con la sociedad o la actualidad... Por lo cual es necesario una preparación adecuada, para hacer actual la Palabra de Dios ofrecida a los feligreses... En vista de ello pondremos en este sitio algunas ideas y a veces homilías que contrubuyan a nuestro crecimiento.

La palabra homilía se deriva de la palabra griega homilia (de homilein), la cual significa tener comunión o tener interacción con una persona. En este sentido homilia se usa en 1 Cor. 15,33. En Lucas 24,14, encontramos la palabra homiloun, y en Hch. 24,26, homilei, ambas usadas en el sentido de “hablar con”. En Hch. 20,11, encontramos el término homilsas; aquí se usa por primera vez para denotar un sermón a los cristianos en relación con el partir del pan. Evidentemente era un discurso informal, o exposición de la doctrina, pues se nos dice que San Pablo “habló largo rato… hasta el amanecer”. De ahí en adelante la palabra se usó como señal del culto cristiano (San Justino, “Apol. I”, c. LXVII; Ignacio, “Ep. Ad PLyc.”, V)

 

Listado de Homilías, haga clic en el tema QUE ESTA SUBRAYADO y le llevará al texto de la Homilía.

 

HOMILIAS FIESTAS Y SOLEMNIDADES:

 

Homilía de Pentecostes.

Homilía de la Santísima Trinidad.

Homilía de Copus Christi.

Homilía de San Pedro y San Pablo.

HOMILIAS TIEMPO ORDINARIO:

AQUEL QUE ANDA CON SENCILLEZ ANDA CONFIADAMENTE” (Pr 3, 23)

 

 

 

Homilía de Pentecostés.


DEL DIOS DE LOS TRUENOS AL DIOS DEL PERDÓN
1. En Hechos la venida del Espíritu Santo se presenta como la presencia de Dios en el monte Sinaí frente a Israel. Así como Dios se hizo presente en el momento central de la historia de Israel, se vuelve a hacer presente para el nuevo Israel. Dios siempre está presente en los momentos más importantes de nuestra vida. Pero esta escena tiene también diferencias. Lo que sucede con la presencia del Espíritu Santo es también en parte distinto a lo que sucedió en el Sinaí. En aquel momento Dios era solamente Dios de un pueblo, en cambio ahora, Dios es Dios de todos los pueblos. Nos invita a la apertura. Dios ya no habla un idioma, ni a una sola persona, ni a un pueblo. Dios habla todos los idiomas, a todas las personas y a todos los pueblos. Nosotros somos los que tenemos la capacidad de hablar el mismo idioma sin entendernos cerrados en nosotros mismos. Y tenemos que ser capaces mas bien de lo contrario. Pero hay otra diferencia aún, y es que en ese momento al pueblo se le dio una ley, los mandamientos, pero ahora con Jesús lo que se le da a las personas no es una ley, es el mismo Espíritu. El don de los dones.
2. También, creo que la segunda lectura pone otra evidencia en el modo de interpretar la presencia de Dios entre nosotros. A veces pensamos en el Espíritu como un don que hace especiales a las personas. Pero no es así. Todas las personas tienen algo de especial. A veces unas llaman más la atención, pero eso no les hace más especiales que otras que tienen otros dones, pero que no son tan llamativos pero igual de útiles para el bien. E igual de necesarios para promover el desarrollo de las personas. De hecho la segunda lectura dice: “En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común”. Todos somos un don. No solamente tenemos cualidades, o dones, sino que lo somos para el bien común. Privarnos de una personas en la vida, nos priva no de unas cualidades sino de la posibilidad de alcanzar el bien común, porque éste se logra con el aporte de todas las personas y no de algunas. Y en todos los dones está presente Dios. Porque no hay unos que sean de Dios y otros que no. Todos los dones, los servicios, las actividades son del mismo Espíritu.
3. Por último la presencia fuerte del Dios de Sinaí, de truenos, de relámpagos, de alguien cercano pero también lejano, con el Dios de Jesús se manifiesta como el Dios de la cotidianidad, no de lo extraordinario. Se hace presente con Jesús el Dios más cercano, que se hace presente en la paz, en la serenidad, en el perdón. En vez del temor causado en el Sinaí, la presencia del Dios de Jesús es fuente de alegría. Tengo a veces la impresión que aún seguimos con la presencia del Dios de Sinaí en nuestras vidas, porque el Dios de Jesús en realidad nos da más miedo que el Dios de Sinaí. Esto nos lleva a poder decir que el Dios cercano, necesariamente nos hace cercanos. Si no estamos cerca entre nosotros, alguien de nosotros aunque cree estar cerca de Dios, en realidad no lo está, porque eso es imposible. El Dios del Sinaí estaba lleno de truenos y relámpagos, el Espíritu que nos dona Jesús, es un viento que da vida. 

Colaboración de P. Jesus Berrizbeitia

 

 

Homilía de la Santísima Trinidad.

 

EL AMOR DESCUBRE NUESTRO PECADO Y PERDONA
1. Dios es amor. Y el amor implica a la fuerza una relación. También por eso Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo, es decir, una relación en la que se puede descubrir que es amor en sí mismo. Pero es amor, todavía más, porque nos ama. Como dice la primera lectura, porque es una amor “compasivo y clemente, paciente misericordioso y fiel” aunque nosotros seamos un pueblo de cabeza dura, y que por eso necesitamos siempre ser perdonados. No necesitamos ser perdonarnos para poder comulgar, ni ser perdonados porque si no, nos vamos al infierno. Necesitamos ser perdonados solamente porque somos pecadores. Muy pocas confesiones reflejan esta verdad fundamental del perdón. Debe nacer de nosotros, de nuestra mirada interior la petición de perdón. No tenemos que confesarnos ni para otra cosa, ni por algo que no sea el reconocimiento humilde de que somos pecadores. No podemos reducir la confesión de nuestros pecados a un trámite. Tiene que ser fruto de la convicción de que somos pecadores. Pocas veces hay una sencilla humildad de reconocer que somos pecadores.
2. Dios es amor, no condena. Dios ha venido a salvar el mundo no a condenarlo. No tenemos que pedir perdón porque si no, nos vamos al infierno. Tenemos que pedir perdón porque no correspondemos al amor con el que Dios nos ama. Pedimos perdón porque Dios nos ama y nosotros no le amamos a Él. Tenemos que pedir perdón, porque Él está siempre con nosotros, y nosotros solo de vez en cuando con Él, solo cuando queremos, solo cuando buscamos algo o esperamos algo de Él. O solamente cuando entra dentro de nuestros planes y proyectos de vida. Merecemos ser abandonados por Dios como nosotros le abandonamos a él, pero Dios en verdad nos ama y por eso no nos deja. Por eso pedimos perdón. Pedimos perdón porque no le hacemos caso. Porque confiamos más en nuestras ideas que en lo que Dios nos puede decir. Escuchamos y obedecemos a los que queremos pero no obedecemos a Dios y eso quiere decir que no le queremos. Y eso, cuando tomamos conciencia, nos debería hacer sentir un poco mal. Pero no es así. Por eso no sabemos pedir perdón, porque no sabemos amar a Dios.
3. “Estén alegres, trabajen por su perfección, anímense mutuamente, vivan en paz y armonía". El perdón es fundamental para vivir libres del mal que continuamente hacemos y eso facilita mucho nuestro ánimo para la alegría, el ánimo, la paz, la armonía. Además es saber que realmente Dios me perdona que me hace mucho más capaz de perdonar. No nos sentimos ni pecadores ni perdonados. Nos confesamos por muchas razones, pero no por la verdadera razón que es el saber que somos pecadores y que queremos sentirnos perdonados. Y de esa actitud difícilmente nacerá una verdadera alegría y una fuerza para animarnos y animar a los demás. No tenemos que tener miedo a Dios. Tenemos que confiar en Dios. No se teme a quien sabemos que nos ama. Y no se teme tampoco a quien se le ama. El miedo demuestra lo alejados que estamos de Dios. Tenemos que creer en Dios y confiar en él. No es el miedo el que nos tiene que llevar a Dios, sino el amor, su amor y ese deficiente amor nuestro, tan humano y tan poco divino.

Colaboración de P. Jesus Berrizbeitia

 

 

 

 

 

EL PEOR MIEDO NACE DENTRO DE UNO MISMO

1. El evangelio por tres veces nos invita a vivir sin miedo. El peor de los miedos no viene de lo que los demás nos pueden hacer o decir, sino de los errores que cometemos. No hay nada peor que el miedo que nace de nosotros mismos. Somos muy fuertes, valientes cuando se trata de enfrentar a los demás. O al menos somos más valientespara enfrentar a los demás que para enfrentar nuestros miedos, porque esa es una lucha contra nosotros mismos. El miedo que nace de nuestras debilidades es el que hace que vivamos una vida escondidos. A veces es lo que nos obliga a hacer lo que no queremos, o a no hacer lo que deberíamos. Para no tener miedo no hay que ser en primer lugar valientes ante los demás, sino ante uno mismo, siendo coherentes con nuestros principios, aunque a veces sea más fácil lo contrario. Pero haciendo lo fácil es difícil hacer lo mejor, o avanzar más en la vida. La fuente de nuestros peores miedos son nuestras debilidades. Cuando caemos, surgen los miedos de cosas que es difícil ocultar. Tendríamos mucho menos miedo si fuéramos fieles a los principios y valores en los que creemos.
2. Hay un miedo, en cambio, que es justificado, el que nace precisamente de nuestra valentía. De nuestra capacidad de dar la cara, y no escondernos. Pero también ese miedo hay que superarlo. Como Jeremías, que se atreve a decir cosas que a los demás no les gusta oír y que eso hace que se desencadenen contra él persecuciones. Este no es un miedo que nace del error sino de la valentía. A veces tenemos miedo de esto, de ser distintos, de tener principios y los escondemos por miedo de lo que dirán o pensarán los demás. Lo peor es que así nos presentamos frente a los demás como cobardes. Y en realidad ese miedo que escondemos es precisamente el que a la larga nos deja mal delante de aquellos que nos hacen actuar contra nuestro modo de pensar. Por eso Jesús nos invita a no tener miedo a los demás: “No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. Hay que ser fieles a eso que es de más valor y que llevamos en lo más íntimo de nuestros corazones. Es mejor pasar un mal rato porque nos valoramos, que pasar un buen rato a costa de nuestra dignidad. Los demás no deben ser nunca fuente de miedo, ni nos deben condicionar en nuestras decisiones.
3. El miedo se vence con la confianza, la fe. Donde no hay confianza hay mucho miedo. Donde falta fe, aumenta el miedo. Esta enseñanza es muy clara en el evangelio de hoy. Nosotros valemos mucho para Dios. La falta de confianza en nosotros mismos, nos hace vivir como cobardes y llenos de miedo. Y la falta de confianza en los demás, nos hace también vivir escapando y huyendo de los demás. Se prefiere la masa, porque así desaparecen los individuos. En el montón es más fácil esconderse. Pero también la falta de fe en Dios produce miedo en nosotros, que vivimos siempre con miedo a pecar, y al contrario no haciendo valientemente el bien que Dios espera de nosotros. Quien no confía en Dios, esconde las cualidades que Dios le da en un pañuelo, y las pone bajo tierra para devolvérselas a Dios al final de la vida. Quien confía, hace, construye, crece, invierte. Quien no confía, no hace, no construye, no crece, no invierte… desaparece en el anonimato.

Colaboración de P. Jesus Berrizbeitia

 

 

 

Homilía del domingo que celebramos a San Pedro y San Pablo.
Siguiendo las lecturas del día.

¿A QUIÉN QUEREMOS AGRADAR CON LA VIDA QUE LLEVAMOS?
1. “Viendo que eso agradaba a los judíos, también hizo apresar a Pedro”. ¿Cuántas veces nuestro modo de actuar se ve afectado por lo que agrada a alguien? Y eso aunque sepamos que no es lo correcto, o peor, aunque haga daño a alguien y daño irreparable. No seamos superficiales, porque es fácil pensar que eso no lo hacemos, no lo haríamos. Pero incluso dentro de la familia, nuestras decisiones son más para agradar a alguien, que para lograr o mejorar algo. ¿No sería mejor hacer cosas para agradar a Dios? La presencia de Dios en nuestra vida se va volviendo menor concreta. De hecho hacemos mucho para agradar a otros, y a muchos otros, pero en esa lista de personas a las que queremos agradar, el Dios de Jesús, muchas veces ocupa un lugar muy secundario. Pedro también le falla a Jesús más de una vez, por tomar no las decisiones que agradan a Dios sino las que le pueden ayudar a él. O son las que no le lleven a él a sufrir. Porque agrada a alguien muere Pedro, muere Pablo. Nos dejamos llevar por lo que agrada a alguien o a nosotros mismos. Pero no siempre lo que agrada a quien sea es lo mejor. Vivimos movidos por el placer, por lo que nos gusta o gusta sin pensar en las consecuencias.
2. En cambio la respuesta de nuestra vida debería ser: “He luchado bien en el combate”. Aunque al contrario de lo que decíamos eso nos lleve a hacer cosas que no agradan tanto a los demás y la consecuencia sea: “todos me abandonaron”. Nosotros tenemos mucho miedo de estar solos, de quedarnos solos. Y eso afecta nuestras decisiones que no tienen que tener como primer criterio el estar acompañados. La cercanía de las personas es bueno que sea puesta a prueba precisamente prescindiendo del criterio de sentirnos queridos y acompañados, porque ese modo de actuar hará que estemos rodeados de personas que se acercan a nosotros por compasión. Eso les salvará a ellas, pero nos hará vivir engañados. Creeremos que nos quieren, pero no es la amistad la que les une a nosotros sino la compasión que pedimos con ese modo de actuar. No luchamos en la vida para ganar ni para tener más amigos. Luchamos en la vida buscando la felicidad de las personas que difícilmente pueden lograr serlo.
3. En fin, como nos pregunta Jesús: ¿quién dicen que soy yo? ¿Un amigo? ¿Y por qué no hacemos lo que le agrada a él? ¿Qué es lo que dice mi vida de Jesús? ¿Qué ve la gente de Jesús en mi vida?... Lo curioso es que no preocupándonos cómo agradar a Dios resulta que en fondo tampoco nos agradamos a nosotros. Y nosotros que somos tan egoístas que todo lo hacemos por nosotros, al final la verdad es que nunca estamos satisfechos haciendo todo por lograr nuestra felicidad. Vivimos en el vacío que nace de buscar siempre agradarnos y agradar. El vacío de quien ve pasar los días de su vida sin que realmente haya cosas en ella que nos llenen de verdad. No creemos en la felicidad que viene de entregarse, de darse. No es que nos cuesta dar y entregar, pero siempre siendo los dueños de nuestra vida, y ese egoísmo es el que hace que en realidad no vivamos satisfechos con nuestra vida, rodeada de muchos placeres, pero de poca felicidad.

 

Colaboración de P. Jesus Berrizbeitia

 

 

Homilía del 6 de julio del 2014

“AQUEL QUE ANDA CON SENCILLEZ ANDA CONFIADAMENTE” (Pr 3, 23)
1. Las lecturas de hoy pueden considerarse también un camino para aprender a ser sencillos. La primera lectura, de hecho, presenta la futura venida de Jesús, como la de un rey pacífico, que en vez de llegar armado y sobre un caballo de guerra, rápido y fuerte, viene humilde y montado sobre un burro. La sencillez es fuente de paz. Nuestra falta de sencillez se manifiesta precisamente en ese afán con el que queremos imponer actitudes en los demás. Hay mucha violencia en nuestras vidas, no solo recibida sino también ejercida con nuestras actitudes, palabras. La sencillez nos hace pacientes y pacificadores. Mucho de nuestro actuar, en cambio es violento, forzado. Las expresiones de nuestros rostros en la mayor parte manifiestan amenaza. No queremos que nos hieran y por eso nos hacemos presentes a los demás como fuertes, montados en caballos de guerra, y no humildes. Imponemos yugos a los demás, ponemos condiciones difíciles de cumplir para que se ganen nuestra cercanía y afecto. Esto es violencia. Hacemos difícil en muchos modos la vida de los demás porque ponemos exigencias.
2. Creo que en la sencillez hay apertura, acogida, en cambio en la complejidad, que es lo contrario de la sencillez hay imposición, un cerrarse a los demás, a las ideas de los demás queriendo imponer las propias ideas. Estas actitudes son violencia. Y muchas veces ejercemos violencia también a Dios. Exigimos, reclamamos, cuestionamos todo. No entendemos, pero tampoco queremos entender lo que no aceptamos. Queremos que sea Dios quien piense como nosotros, y no nosotros pensar como Dios. No somos capaces de aceptar la vida como viene. Hay demasiada tristeza en nuestras vidas. A veces la escondemos con pequeños placeres, y momentos felices que nos damos el permiso de tener para seguir viviendo la vida como angustia y peso. Ser sencillo es confiar más en los demás. Nosotros solamente confiamos en nosotros y dudamos de todos los demás. En cambio la sencillez nos hace confiar más en los demás. Creer en los demás, al menos tanto cuanto creemos en nosotros y en nuestras ideas. Ser sencillos es creer en Dios.
3. Es difícil ser sencillos. En el camino de la vida nos vamos haciendo cada vez más complejos. Por eso ser sencillos es algo que hay que aprender, algo que hay que conquistar en la propia vida. Si nos dejamos llevar no nos hacemos sencillos sino complicados. Vamos perdiendo espontaneidad. Y vamos entendiendo menos a los demás, porque creemos entendernos mucho a nosotros mismos. Nos damos demasiada importancia a nosotros. Nos damos tanta importancia que se la quitamos a las demás personas. Nos tomamos demasiado en serio. Este modo de vida que llevamos hace que vivamos fatigados, tristes. La sencillez es también un modo relajado y alegre de vivir la vida, es un modo sereno de vivir las dificultades, es un modo abierto de vivir la novedad. Somos gente que nos gusta enseñar, dar consejos, y que hacemos fatiga a aprender, a recibir consejos. Pensamos que el tiempo de aprender quedó atrás. Pretendemos incluso saberlo todo y mejor que todos. Queremos verlo todo a través de nosotros, cuando deberíamos ser capaces de vernos a través de los demás.

 

Colaboración de P. Jesus Berrizbeitia