Testamento Espiritual

En este apartado presentaremos los principales escritor de Murialdo. También indicaremos algunos textos que se escribe sobre murialdo de diversos autores.

Iniciaremos con el Testamento espiritual y demás.

Testamento Espiritual.

 

 

 

Murialdo 1

 

 

TESTAMENTO ESPIRITUAL

DE SAN LEONARDO MURIALDO

Edición de la Provincia Argentino-Chilena en 1995

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Contenido

Introducción

Finalidad

Estructura

Mensaje

Testamento Espiritual

Prólogo

(Inicio del) Testamento espiritual

Misterio de amor. Milagro de amor

Dios a mí

Mis dos deseos

El hijo pródigo

Reflexiones de 1899

¡La incompresible gratuidad de los dones de Dios

Mis vocaciones

Beneficios especiales de Dios hacia mí

Mi penitencia

Mis pecados

La Iglesia de San Dalmacio de Turín

Confesiones

La Iglesia de la Visitación de Turín- Santa Clara

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INTRODUCCION

DATOS CRONOLOGICOS

Que tienen relación con el Testamento espiritual

1828 - 26 de octubre                              :     Leonardo Murialdo nace en Turín. Hijo de Leonardo Murialdo y Teresa Rho. Al día siguiente es bautizado en la Iglesia Parroquial de San Dalmacio.

1833 - 15 de junio                                  :     Muere su padre.

1836 - 27 de octubre                              :     Ingresa en el Real Colegio de las Escuelas Pías de Savona donde asiste a las clases primarias, a los cursos de gramática, de humanidades y al primer año de retórica. En el octubre de 1842 empieza su “crisis”.

1843 - septiembre                                  :     Regresa a Turín. Confesión general con el Abad Pullini. Asiste al curso de filosofía en el Colegio de S. Francisco de Paula, dependiente de la Real Universidad.

1844 – primavera                                   :   Decide hacerse sacerdote después de haber escuchado un sermón sobre el infierno.

1845 - 6 de noviembre                          :    Recibe el hábito clerical en la Iglesia de Santa Clara, de manos del Abad Pullini y se matricula en la facultad Teológica de la Real Universidad de Turín.

1849 - 9 de julio                                     :     Muere su madre.

1850 - 8 de mayo                                    :     Se doctora en Teología en presencia del Ministro de Educación Cristóbal Mameli. El día 21 de septiembre recibe el orden del Subdiaconado de manos de Mons. Juan Ceretti en la Iglesia de la Visitación.

1851 - 5 de abril                                     :     Recibe el orden del Diaconado en la Iglesia de la Visitación de manos de Mons. Ceretti. Del 11 al 19 de septiembre hace los ejercicios espirituales con la confesión general con el Sac. Durando. El 20 de septiembre, también en la Iglesia de la Visitación, es ordenado sacerdote por Mons. Ceretti. El día 21 celebra la primera Misa en la Capilla de la Virgen de Loreto en la Iglesia de S. Dalmacio. Empieza el apostolado entre los jóvenes de la periferia turinesa, especialmente en los centros juveniles del Ángel de la Guarda y    de S. Luis.

1865 - 30 de septiembre                        :     Se encuentra en París en el Seminario de San Sulpicio donde reside durante un curso escolar bajo la guía del P. Icard.

1866 - 8 de octubre                                :     Regresa a Turín. El 13 de noviembre acepta la dirección Colegio “Artigianelli” fundado en 1849 por D. Juan Cocchi, y dirigido entonces por el Teól. Berizzi. El Colegio se encontraba al borde    de una ruina económica.

1867 - 12 de mayo                                 :     Ingresa oficialmente en el Colegio “Artigianelli”como Rector.

1872 - 22 de agosto-septiembre           :     Va a Francia para participar en el Congreso de   14 de       Poitiers. También va a París para ver al P. Icard y pedirle consejo sobre la fundación de la Congregación, pero no lo encuentra. En diciembre el P. Icard es huésped de L. Murialdo en el Colegio “Artigianelli”.

1873 - 19 de marzo                                :     En la Capilla de S. José del Colegio “Artigianelli” funda la “Congregación de San José” de la cual llega a ser “Rector”, y emite los votos religiosos.

1885 - 1 de enero-                                  :     Primera enfermedad de bronquitis. Confesión 17 de febrero                                                                         con el Teól. Blengio.

1887 - 17-23 de marzo                          :     Segunda enfermedad de bronquitis.

1888 - 28 de enero-                                :     Tercera enfermedad de bronquitis;

           10 de marzo

                                                                 

           17 de noviembre-                        :     Cuarta enfermedad de bronquitis.

             4 de diciembre

1889 - 11 de marzo-                               :     Quinta enfermedad de bronquitis.

           20 de abril

1890 - septiembre                                  :     El día 6 muere su hermano Ernesto y el 23 su            hermana Aurelia, últimos supervivientes de la familia.

   1891 - 7-21 de marzo                           : Sexta enfermedad de bronquitis. Participa a los ejercicios espirituales de los hermanos del 7 al 13 de junio Bruere (Turín) como Director, y del 13 de agosto al 5 de septiembre en Oderzo (Treviso) como Director y conferenciante. Empieza a escribir el “Testamento espiritual”.

1892 - 2 de enero-7 de febrero           :     Séptima enfermedad de bronquitis.

1893 - 17 de abril                                  :     Octava enfermedad de bronquitis.

1900 - 30 de marzo                               :       Muere en Turín.

Leer el Testamento de L. Murialdo quiere decir acercarse al corazón de un santo, penetrar un poco en el ánimo de un hombre enamorado de Dios y descubrir un rayo de la magnitud de su fe y de su ansia de perfección. Es encontrar, de alguna manera, la experiencia espiritual de todo cristiano.

FINALIDAD

El primer motivo que se propone L. Murialdo al redactar el Testamento, es el de alabar y agradecer a Dios por su bondad misericordiosa y por su amor inmenso, que se manifiesta, sobre todo, en el perdón. “Para la mayor gloria de Dios, en acción de gracias” (p. 6) es la dedicatoria que se encuentra al principio del Testamento y que indica plenamente su significado.

El segundo motivo es el de despertar en sus hermanos, por medio de su experiencia espiritual, “una inquebrantable confianza” (p. 7) en Dios “tan bueno, tan paciente, tan generoso” (p. 7) a pesar de los “abismos de los pecados” (p. 7) en que puedan haber caído. La narración de sus “miserias” (p. 7) y de su “impiedad” (p. 8) no tienen que ocasionar escándalo, sino solamente confianza en Dios.

L. Murialdo quiere, además, asegurarse las oraciones de sufragio de sus hermanos: “Sobre todo no me olviden en sus oraciones” (p. 7).

P. Eugenio Reffo, afirma, además, que L. Murialdo, al escribir el Testamento, ha querido “mitigar en sus hijos el concepto de virtud y de santidad en que le tenían”. No se puede excluir esta intención, aunque sea secundaria, puesto que el Testamento es una manifestación de humildad frente a Dios, más que un medio para disminuir la estima de los hombres.

A estas finalidades hay que añadir otra. La necesidad de escribir sus propios sentimientos, desde un punto de vista psicológico, destaca por la fuerte intensidad con que los vive y es una manera para reforzarlos. “Que estas líneas te repitan mis suspiros,... conserven... los secretos sentimientos de mi corazón y las expresiones de mis añoranzas, y compensen, de algún modo, el poco tiempo que todavía me queda para testimoniarte toda la amargura y toda la sinceridad de mi arrepentimiento”, escribe L. Murialdo en la oración con fecha de 30 de marzo de 1895 (p. 6). El Testamento, visto también desde esta perspectiva, revela la fuerza de los sentimientos espirituales de L. Murialdo, la riqueza de su interioridad y sus profundas convicciones.

ESTRUCTURA

El Testamento comprende la dedicatoria (Para la mayor gloria de Dios en acción de gracias), el destinatario (D. Julio Constantino), una nota (el porqué se escribió en francés), un pro-memoria (para el uso del Testamento), una oración (significado de estas memorias) y también 16 fragmentos de variada extensión, de diferentes géneros literarios (exposiciones, diálogos, ...) expresados en una forma que va desde la efusión mística, hasta la confesión, las exposiciones espirituales, el recuerdo de personas y sucesos”, todos, sin embargo, están centrados en su experiencia espiritual.

MENSAJE

El mensaje del Testamento es de carácter eminentemente religioso: es una profesión de fe en Dios “por la grandeza e inmensidad” de su misericordia, un cántico de alabanza y de acción de gracias a Dios por “su bondad y su generosidad” (p.15), un grito de confianza y de esperanza en “Dios tan bueno, tan paciente, tan generoso” (p. 9). Dios-Padre, Dios-amor, Dios-misericordia, “Dios bueno” que ama a todos, incluso a los pecadores, es el mensaje central del Testamento. Este mensaje sobresale, no sólo por la narración de las “miserias” y del “perdón” de Dios, sino también por el estilo con que se expresa L. Murialdo. En el Testamento hay un juego constante de oposición entre Dios y L. Murialdo, entre la misericordia de Dios y su ingratitud.   Escribe: “... Aquí veo en mi vida. Por un lado una cadena ininterrumpida de las gracias más singulares, los más selectos beneficios de parte de Dios; y por otro, una cadena no menos continua de pecados, ingratitudes y negligencias de parte mía!” (p. 10). “Misericordia e ingratitud” son dos notas del mismo acorde, son el motivo musical que se repite en diferentes tonalidades en todo el Testamento. L. Murialdo define su vida como: “La historia de tus (de Dios) misericordias y mis ingratitudes” (p. 10); “... yo huía y Él corría detrás de mí” (p. 16); “a pesar de que yo lo (a Dios) rechazaba, no me abandonaba, no me castigaba. ¡Más aún!, venía a buscarme, a atraerme hacia Él” (p. 14); “Y tu, (oh Dios), me soportaste siempre, me esperaste, me llamaste!” (p. 10); “El buen Dios no me castigaba, me esperaba, me llamaba siempre” (p. 12). Son algunas expresiones de este contraste. Basta leer los fragmentos Misterio de amor - Milagro de amor (p. 16), Dios a mí (p. 17) y El hijo pródigo (p. 23) para captar vivamente el dramatismo de esta relación con Dios.

Texto del

TESTAMENTO ESPIRITUAL

Para la mayor gloria de Dios en acción de gracias

Al Rev. Sr. Don Costantino

en sus manos

Nota

Escribo en francés por el peligro de que el cuaderno caiga en manos del personal de servicio.

Prólogo

Pro-memoria

He aquí mi deseo: después de mi muerte, tenga a bien, Don Costantino, leer estas memorias de mi pobre vida. Si lo cree conveniente, déselas después a Don Reffo para que las lea; y si cree que es mejor destruir el cuaderno, hágalo.

En el primer caso, Don Costantino y Don Reffo usen de estos escritos como mejor les parezca: tal vez lo mejor sea quemar el cuaderno.

30 de marzo de 1895

Dios mío, te digo con uno de tus servidores: ¡Dios mío y Padre mío! Que estas líneas te repitan mis suspiros -a ellas los confío- aún cuando yo ya no pueda hacerlo; que te hablen en mi favor cuando esté en el silencio de la tumba; y que conserven, para cuando yo ya no esté, los secretos sentimientos de mi corazón y las expresiones de mis añoranzas, y compensen, de algún modo, el poco tiempo que todavía me queda para testimoniarte toda la amargura y toda la sinceridad de mi arrepentimiento.

Leonardo Murialdo C.S.J.

J.M.J. 1891

TESTAMENTO ESPIRITUAL

A mis queridos hijos y hermanos en Jesucristo y San José.

No ha de estar muy lejana la hora de mi partida hacia la eternidad; antes de abandonarlos quiero dejarles un recuerdo: el recuerdo de las misericordias que el buen Dios se ha dignado tener con el más ingrato de los pecadores. De este modo creo poder secundar los designios del buen Dios, que pueden ser, con relación a nuestra mezquina Congregación, los que fueron para la Iglesia universal los designios para la conversión de San Pablo. “Si encontré misericordia - escribía el Apóstol en la primera carta a Timoteo - fue para que en mí primeramente manifestase Jesucristo toda su paciencia y sirviera de ejemplo a los que habrían de creer en Él para obtener vida eterna”.

Yo también “encontré misericordia”; pero no puedo agregar, como San Pablo, que “cuando no tenía fe actuaba así por ignorancia”. No tengo esta excusa; por eso la misericordia de la que fui objeto me mueve aún más a aumentar la confianza en un Dios tan bueno, tan paciente, tan generoso.

Les ruego, queridos hijos y hermanos, les ruego que no se escandalicen por la narración de mis miserias, sino que obtengan una inquebrantable confianza de la narración de las misericordias que Dios prodigó a su desdichado Padre espiritual, y aprendan a no desanimarse, por muy profundos que sean los abismos de los pecados en los que puedan caer. Sobre todo no me olviden en sus oraciones.

“Me precediste con las más venturosas bendiciones”.

Desde mi nacimiento Dios me colmó con sus beneficios. Mi familia era estimada y gozaba de cierta holgura; mi padre era un honrado agente de cambios, católico practicante; mi madre era piadosa, ejemplar y muy encariñada con sus hijos, especialmente conmigo desde que abracé la vida eclesiástica.

Mi historia y mi Testamento espiritual

Mi alma era inclinada a la virtud y dotada de cierta sensibilidad favorable a la piedad; mi inteligencia no era nada fuera de lo común, pero suficiente para tener buen éxito, si no hubiera sido siempre esclavo de cierta pereza y languidez que jamás me abandonarían.

En la infancia mi salud era delicada, y tal vez fue también por eso que mi madre se resignó a enviarme al Colegio de las Escuelas Pías de Savona, ciudad, por entonces, muy alejada de Turín; se necesitaban no menos de dos días para llegar allá. En Savona encontré la salud del cuerpo, pero ¡ay!, ¡qué triste, qué horrible naufragio para mi alma! ¡En qué abismo profundo me precipité!”, ¡y, en qué poco tiempo!

Desde entonces, ¿qué veo en mi vida? Por un lado una cadena ininterrumpida de las gracias más singulares, los más selectos beneficios de parte de Dios; y por otro, ¡una cadena no menos continua de pecados, ingratitudes y negligencias de parte mía! ¡Qué historia, Dios mío! ¡Es la historia de tus misericordias y mis ingratitudes! ¡No conozco otra historia o biografía en la que resplandezca mejor la incomprensible gratuidad de los dones de Dios!

Tú me colmaste, Dios mío, de beneficios naturales y sobrenaturales; de este modo iniciaste el curso de mi vida, y yo, tan pronto, te abandonaba. No habían transcurrido siete años desde que empecé a tener uso de razón, que ya te abandonaba, me rebelaba contra Ti. “A diferencia de mil hombres, yo, desde mi más tierna edad, te ofendía; Tú, en cambio, me preferiste entre mil hombres colmándome de innumerables beneficios”. A los 14 - 15 años yo ya era un pecador, ¡y un gran pecador! Sí, era verdaderamente el “hombre tan pequeño y pecador tan grande”, del cual habla San Agustín. ¡A los 15 años era un pequeño impío! ¡Es horroroso!

¿Y debo revelar mi impiedad, escandalizando a mis hermanos y a mis hijos espirituales? Sí, Dios mío, para tu honor, para tu gloria. ¿Y dónde encontrarás otro trofeo más glorioso de tu misericordia? Es cierto que todavía no me has vencido, que todavía no soy esclavo de tu amor como tú lo deseas; pero es esto mismo lo que hace resplandecer más aún la grandeza y la inmensidad de tu misericordia.

Diré pues mi pecado: “Confesaré contra mí, mi pecado”.

Empecé a abandonar al buen Dios, a ofender al buen Padre por cobardía. El respeto humano: ¡he aquí la gran bestia que me abatió!

Al principio, en el colegio, no era malo; incluso durante algún tiempo fui propuesto como ejemplo. Era esto un don de tu bondad, Dios mío, que me regalaste un alma naturalmente cristiana.

Por este motivo, algunos malos compañeros empezaron a alejarse de mí, a mirarme como al niño mimado de los superiores, a sospechar de mí como de un espía. Sin embargo al principio yo luchaba un poco. Una vez fui a confesarme, y tuve que acusarme de haber escuchado malas conversaciones. El confesor, Padre S., quiso obligarme a manifestar a los superiores los nombres de esos malos compañeros; se lo prometí, pero después me faltó el valor. Cuando volví a confesarme, el sacerdote consideró que no podía dispensarme de esa obligación, pero no tuve el coraje de prometer nada. El confesor estaba apenado, pero no veía otra salida. Por fin me propuso que le revelara a él los nombres, y así lo hice; le autoricé a decírselo a los superiores.

Más tarde los malos compañeros, empezaron a perseguirme un poco. Entonces tuve la debilidad y la vileza de abandonar totalmente al buen Dios. ¡Y qué abandono, gran Dios! Era una noche de 1842 — 1843. Yo decía mis oraciones personales junto a la cama. Por temor a la persecución me decidí a comportarme como los demás. Mi buen Ángel de la Guarda me inspiró este pensamiento: “¿Y si te mueres durante el tiempo en que estás alejado de Dios?” “¡Bueno! - tuve el coraje infernal de responder - ¡Bueno, si me muero durante el tiempo de mi permanencia en el colegio, paciencia!, me condenaré. Si tengo tiempo de salir del colegio, entonces me convertiré”. De esta manera acepté deliberadamente el infierno. ¿Era posible?... Y el buen Dios aceptó mi pacto y no me condenó; me conservó la vida, a pesar de que mi vida, durante toda mi permanencia en el colegio, no estuviera cargada más que de innumerables pecados de todo tipo. Me dio la oportunidad de salir del colegio, y, lo que es más admirable todavía, al salir del colegio Él me encontró en tal situación que ya no quería saber nada de Él. Yo huía; sí, yo huía y Él corría detrás de mí, diciéndome: “¿Por qué quieres morir, casa de Israel?”. Me detuvo al borde del abismo y me forzó a volver hacia Él.

¡Ah! Debo decir, con más razón que San Agustín: “Descendí hasta las puertas del infierno y Ti me detuviste para que no entrase. Cuando transgredía tus mandamientos, el diablo estaba listo para arrastrarme al infierno, pero Tú se lo impedías: Yo te ofendía y Tú me defendías”.

Desde entonces, cuántas veces he tenido que repetir: “¡Muchas veces me arrancaste del infierno, aún sin que yo lo supiera!”. Sí, ¡cuántas veces! Porque, desde entonces, tal vez durante un año y medio, mi vida no fue más que una cadena de pecados, de pecados de todo tipo. De los diez mandamientos de Dios, exceptuados tal vez el séptimo y los dos últimos, no hay uno que yo no haya transgredido mortalmente. Otro tanto debo decir de los pecados capitales, salvo la avaricia; o mejor, si no estoy seguro de haber pecado gravemente en alguno de ellos, tenía, al menor, la inclinación a hacerlo.

Incluso antes de esta desdichada época de mi vida, ¿cuántos pecados mortales cometí? Una vez estaba jugando con nueces; por una contrariedad en el juego, se me escapó esta blasfemia: “¡Maldito aquel que me creó!”. (¡Y el buen Dios no me castigó de inmediato!). Después fui a confesarme. Me quedé estupefacto y mudo cuando el confesor me dijo que no habría podido absolverme (siendo un pecado reservado) si en lugar de decir “maldito” hubiera dicho “falso”, si en lugar de una maldición al buen Dios hubiera pronunciado una blasfemia herética.

Pero ¡qué vida abominable durante todo este desdichado año 1843! Iba todos los días a Misa con los demás; pero durante el Santo Sacrificio leía un libro escrito, a decir verdad, con buena intención y para alejar el vicio de la impureza, haciendo conocer las funestas consecuencias de este pecado; pero yo lo leía con el objeto de aprender la malicia y para saber como los demás.

¡Cuántas profanaciones en la Iglesia! ¿Y cuántas fiestas habré profanado?

Naturalmente, abandonando al buen Dios, me arrojé en brazos del demonio de la impureza. Y ¡cuántas malas conversaciones y cuántas malas acciones! Llegué al extremo de querer hacerle creer a uno de mis compañeros de haber cometido una abominación de la que no era culpable; y si no logré que me creyera, no fue por falta de voluntad.

¡Ah, qué tiempo deplorable aquel en que me había abandonado al vicio, cuando me enorgullecía de mi infamia y me gloriaba de mis miserias! ¡Y Tú me soportaste siempre, me esperaste, me llamaste! ¡Aún ahora Tú me miras con bondad, me perdonas con misericordia, me socorres con amor!

¡Oh Padre pródigo del hijo pródigo!, cura a este leproso: “Si quieres, puedes”; resucita a este muerto: “Si quieres, puedes”.

¡Oh! Ha sido seguramente tu protección, mi buena y dulce Madre de la Consolación, a cuyo amparo mi querida madre natural me confió, junto con mi hermano, antes de salir hacia el colegio de Savona. Agradezco a tu protección el no haber cometido nunca malas acciones con los demás y no haber escandalizado nunca con conversaciones a los compañeros más jóvenes que yo. Que seas mil veces bendita, mi buena Madre; que yo pueda llegar a agradecerte en el cielo: “Cantaré eternamente las misericordias de María” (cf. p. 21).

¡Y cuántas profanaciones del sacramento de la penitencia! Durante ese tiempo mil veces desdichado, iba a confesarme cada mes, junto con los demás; pero ¿qué hacía? Por un pequeño resto de conciencia que me quedaba, no quería mentir deliberadamente en la confesión, pero no por eso pisoteaba menos la adorabilísima Sangre de mi Salvador, ya que evitaba expresamente hacer el examen de conciencia, limitándome a decir aquello que recordaba en el momento de la confesión. Y el buen Dios no me castigaba, me esperaba, me llamaba siempre, pero siempre en vano. Mi decisión estaba tomada: “¡No me convertiría en el colegio!”. ¿Llegué entonces al fondo del abismo? ¿Llegué al punto de hacer la comunión sacrílega? Espero que no, aunque pueda dudarlo.

Recuerdo que, en ocasión de la comunión pascual, procuré tener en la confesión al menos las disposiciones necesarias para evitar el sacrilegio pero, si debo juzgar según el fruto de ambos sacramentos, debería aún dudar y temer por haber llegado al colmo de mí miseria espiritual con el más horrible de los sacrilegios, sí, ¡con la comunión sacrílega! ¡Heme aquí pues, apóstata de Dios! ¡Blasfemador de Dios! ¡Profanador de las fiestas, de los sacramentos, de la Sangre de Dios!

¡Y con respecto al prójimo? Entre los que me perseguían un poco (a decir verdad, no encarnizadamente) había uno que trataba de tentarme, incluso en la iglesia, pero yo no lo secundaba; al contrario, lo odiaba. Un día estábamos en el mar; él trepó a un escollo muy elevado y cortado a pique por un lado. Viéndolo allá, concebí el deseo de que cayera al mar, ¡y creo haber consentido hasta el punto de ser culpable de homicidio de deseo!

¡Cuántos pecados, entonces, de orgullo, de glotonería, de escándalo, de desobediencia, de pereza!

¡Creo que también fui culpable de calumnia! Ya se sabe el horror que se tiene en los colegios a los soplones de los superiores que se les llama espías. Pues bien, conversando con algunos compañeros sobre otros que yo odiaba, les dije que éstos habían delatado algunos hechos a los superiores a pesar de que yo no lo creyese.

Con todo, el pecado en que caía con mayor frecuencia era contra el sexto mandamiento. Los pecados reiterados forman el hábito, y el hábito no tarda en producir la ceguera espiritual y el endurecimiento del corazón. ¡Y cuán poco tiempo se necesita para llegar a este endurecimiento cuando se peca con malicia! ¡Qué pronto perdí el remordimiento! ¡Qué rápido perdí el sentimiento religioso!

He dicho que había abandonado al buen Dios por respeto humano y que pensaba volver a Él al salir del colegio. ¡Pero qué equivocado estaba!

Los pecados amontonados unos sobre otros apagaron en mí todo amor a Dios. El demonio me puso el pie en el cuello y me arrastró hasta volverme impío. Jamás hubiera creído que llegaría hasta tal punto, pero en los últimos meses de colegio llegué al extremo de esforzarme por olvidar completamente los salmos que conocía de memoria, y tratar de borrarlos de mi mente, procurando así separarme siempre más de Dios. Y cuando salí del colegio, no me llevé ningún libro de piedad, sino que elegí solamente algunas novelas y algunos dramas de Romani, abandonando así totalmente al buen Dios, ¡el buen Dios que jamás me abandonó! ¡Jamás!

He aquí un segundo abandono deliberado y explícito del buen Dios que yo hacía. Siempre el pecado contiene implícitamente un abandono de Dios: “aversio a Deo”, pero no se trata generalmente de un abandono deliberado, declarado, reflexivo. No son muchos los pecadores que abandonan así absolutamente a Dios. Yo fui uno de ellos; dos veces apostaté de Dios, renuncié a Él, no quise saber nada de Él. ¿Y Él, el buen Dios? Él usó conmigo todos los medios de su misericordia, tan bien descritos por San Alfonso de Ligorio en el libro “Preparación para la muerte” (cap. La misericordia de Dios) y por el P. Baudrand en el libro “El alma elevada a Dios” (duodécima lectura).

Yo había declarado al Señor que no sería más suyo hasta mi salida del colegio; pero, en realidad, en ese tiempo, ¡no sólo había olvidado las cosas de Dios, sino que hacía esfuerzos para olvidarlas totalmente!

Sin embargo Dios, que desde toda la eternidad había proyectado salvarme y santificarme, a pesar de que yo lo rechazaba, no me abandonaba, no me castigaba. ¡Más aún!, venía a buscarme, a atraerme hacia sí, a forzarme para que volviera al camino de la salvación. He aquí de qué modo: hacía ya un año que me había sumergido en el barro del pecado, y me hundía siempre más. ¿Qué habría sido de mí si hubiese seguido en esa situación otro año, multiplicando siempre más mis faltas? Y sin embargo, para completar mis estudios tenía que hacer todavía el segundo año de retórica, y yo tenía un motivo particular para no dejar de hacerlo: en efecto tenía la esperanza, casi podría decir la certeza, de ser nombrado uno de los Príncipes de la Academia (no el primero, sino el segundo); de éstos se mandaba hacer un retrato de tamaño natural, que luego se colocaba en la galería, a la vista de los forasteros que visitaban el colegio. Esto motivaba mucho la emulación entre los alumnos, sobre todo entre los provenientes de Génova y Turín, que trataban de superarse unos a otros.

Pero el buen Dios se salió con la suya. Por un lado, yo estaba aburrido de la vida del colegio, sobre todo por no tener buenas relaciones con los compañeros más influyentes, que eran también los peores; por otro lado me parecía que tenía aun algo de remordimiento por mi mala vida. Por eso le pedí a mi madre que me retirase del colegio. Me gusta pensar que hice un pequeñísimo sacrificio de amor propio (si no fue una vil y culpable indiferencia), y que el buen Dios lo aprovechó en mi beneficio.

Salimos entonces mi hermano y yo del colegio y volvimos a nuestra familia. Dos meses después ingresamos juntos en el curso de filosofía, encontrado el modo de eximirme del segundo año de retórica, cosa que luego lamenté mucho, porque veo que habría sido un año verdaderamente provechoso en literatura y composición italianas. En cambio quedé siempre bastante limitado en este aspecto.

El buen Dios me había conservado ese ángel que fue mi madre: ella no tardó en relacionarme con el Señor Abad Pullini, santo sacerdote, que ya había sido mi confesor antes de partir hacia Savona. Hice una confesión general con él que, en la Iglesia de San Dalmacio, todavía confesaba en el tercer confesionario de la derecha, como siempre. Fue allí donde “la misericordia y la verdad se encontraron: justicia y paz se besaron”. ¡Qué prodigio de misericordia! ¿Quién podrá jamás desconfiar de la bondad y de la misericordia de Dios? Porque creo que no hay muchos pecadores en el mundo que no solamente hayan agobiado su conciencia con innumerables pecados, sino que además hayan aceptado deliberadamente el infierno, y hayan llegado al punto de esforzarse por olvidar lo que, a pesar suyo, aún recordaban de Dios, es decir, ¡el recuerdo de los salmos y cánticos de alabanzas a Dios!

Pero he aquí que el buen Dios quería todavía resplandecer su bondad y su generosidad de un modo totalmente especial. No solamente me admitió nuevamente en su amistad sino que me llamó a una elección de predilección: me llamó al sacerdocio, a la vida eclesiástica, y esto apenas a los pocos meses de mi retorno a Él. He expuesto en otra parte el camino providencial que me condujo a la vida sacerdotal. El 6 de noviembre de 1845, fiesta de San Leonardo, tuve la felicidad y el honor de vestir el hábito clerical, bendecido por el Abad Pullini, en la Iglesia de Santa Clara, anexa al convento de las religiosas de la Visitación, de las que el Abad era padre espiritual.

Apenas revestido, partí hacia el seminario, donde se hacía la apertura del año académico. Allí, tuve la suerte de poder aprovechar la innovación introducida ese mismo año, estableciendo en Teología la cátedra de Instituciones teológicas, a cargo del canónigo Savio (posteriormente Obispo de Asti), y la cátedra de Instituciones bíblicas, a cargo del profesor Banaudi. Elegí como “repetidores” al teólogo Berta, luego canónigo de San Lorenzo, y al teólogo Baricco. Hice el curso de teología en la universidad y fui admitido al doctorado el 12 de mayo de 1850. En el mes de septiembre de ese año, recibí la ordenación subdiaconal; fui ordenado diácono en Pascua (no amaba la prisa), y el día 21 de septiembre de 1851, fiesta de San Mateo, en la Iglesia de San Dalmacio, tuve la gloria y el gozo de celebrar mi primera misa. Fui asistido por el Abad Pullini y, creo que también, por el canónigo Renaldi. ¡Ah, qué feliz era! Pero, entre los parientes que me rodeaban, ya no estaba mi madre. Ella se había ido al paraíso el 9 de julio de 1849.

Desde entonces siempre tuve un poco de devoción a San Mateo: me gustaba pensar que él también había sido pecador, y que fue convertido por el mismo Jesucristo, que se dignó llamarme a mí también al apostolado. Pero ¡qué contraste! apenas Nuestro Señor dijo al publicano “Ven y sígueme”, él se levantó y “lo siguió”. Y desde entonces él no vivió más que por Jesucristo y murió por Jesucristo. Al contrario, ¡qué vergüenza para mí! ¡Cuánta resistencia a la gracia de Dios! ¡Cuánta sordera a su voz que me llamaba, que gritaba tras de mí: “Llamaste, gritaste”!; ¡qué desprecio ante las inspiraciones, las luces y los remordimientos que Él no cesaba de enviarme al corazón! Y después, cuando al fin me decidí a aceptar que debía huir del infierno, ¿qué fue de mi vida? ¿Testimonié mi reconocimiento con mi amor y mi fervor? ¡Ay de mí! El amor propio siempre fue mi ídolo, y Dios siempre me persiguió, y me persigue aún, llamándome a grandes voces: “Llamaste, gritaste”. ¿Cuándo llegará el momento, oh Señor, en que yo pueda decir: “rompiste mi sordera?”

Misterio de amor - Milagro de amor

“Llamaste. Gritaste. Rompiste mi sordera”.

“Llamaste”.

¡Padre mío y Dios mío! “Andaba errante como una oveja perdida”, y tú has venido a buscar “aquello que estaba perdido”; pero ¿cómo? Cuando Tú buscabas en el Edén al padre de los pecadores, él se escondía a tus ojos. Pero Tú, como un padre desolado, lo buscabas, lo llamabas: “Adán, Adán, ¿dónde estás?” (voz de un padre que busca a su hijo perdido).

También a mí me llamabas por mi nombre: “Leonardo, Leonardo, ¿dónde está?”. Y yo huía de Ti “como ante un perseguidor”, porque no quería saber nada de Ti. Sí, gran Dios, ¡no quería saber nada más de Ti! ¡Yo ya no quería saber de Ti! ¿Y Tú? Tú, como un amante despreciado, corrías detrás de mí, aún me buscabas, levantabas más la voz con tus invitaciones, tus inspiraciones, sobre todo con tus innumerables beneficios. Y yo, yo me hacía el sordo.

“Gritaste”.

¡Ah, sí! Bien podrías decir de mí: “A fuerza de gritar, mi garganta se ha enronquecido”. ¡Nuevas inspiraciones, nuevos beneficios, nuevos remordimientos! Pero yo estaba sordo, ¿qué digo? Me hacía el sordo a tu voz. Bien podrías haber dicho: “Tú perdición ‘viene’ de ti, Israel”; pero no: hiciste los últimos intentos para salvarme sin violentar mi libertad. Recurriste al temor, al miedo. Abriste ante mis ojos el infierno y me espantaste. No fue por amor a Ti, sino por temor del infierno que me detuve al borde del mismo. Fue por el crepitar de las llamas del infierno que por fin rompiste mi sordera.

“Descendí hasta las puertas del infierno y Tú me detuviste para que no entrase”.

¿Qué haré ahora?

“Te bendeciré mientras viva”; “Cantaré eternamente la misericordia del Señor”.

“Meditaré sobre mis años con amargura en el alma”.

“Rompiste mis cadenas, te ofreceré sacrificios de alabanza”.

“No olvidaré jamás cuanto has hecho por mí”.

“En Ti, Señor, espero, jamás seré defraudado”.

J.M.J.

Dios a mí

“Venid a juzgar entre mi viña y yo. ¡Qué tenía que hacer por mi viña que no haya hecho?”.

Dios.

“Te he amado con amor eterno; por esto te atraje hacia Mí con misericordia”.

Desde toda la eternidad pensé en ti; te llamé por tu nombre y decidí salvarte, santificarte y glorificarte eternamente “por el grandísimo amor con el que te he amado desde todos los siglos”.

Y cuando luego tú debías venir al mundo, Yo contemplaba la faz de la tierra. Esta estaba poblada de casi mil doscientos millones de hombres: cinco sextos de entre ellos eran infieles o herejes; el sexto restante, ocupado por católicos no alcanzaba por lo tanto, los doscientos cincuenta millones. Pues bien, Yo decidí que tú nacieras entre esta afortunada sexta parte de la tierra, que tú entraras en el mundo entre gente católica, y que, llegado a la edad de la razón, fueses educado en la religión cristiana; por eso te hice nacer de una madre piadosísima y de un padre practicante.

A los ocho años te elegí un colegio dirigido por religiosos, los Escolapios, donde encontraste directores espirituales dotados de piedad: el P. Canata, el P. Solari y otros. Tú, pocos años después, prevaricaste, tu me abandonaste formalmente: “te volviste atrás”, me volviste la espalda deliberadamente. ¿Y Yo? Te conservé con vida para darte tiempo de volver a Mí; conservé a tu madre con vida para que te hiciera volver al buen camino; luego te asistí’ en la elección de la escuela y los compañeros; con el temor del infierno y sirviéndome de tu debilidad por el respeto humano, te atraje, te arrastré hacia Mí, admitiéndote luego, casi de inmediato, en mi santuario. Y tú, en mi santuario, “en el lugar santo”, “en mi casa”, te abandonaste a la pereza, al bienestar, a las comodidades, a tus antojos. Tu tibieza, sin embargo, no me asqueó, y te elegí, “elegi te”, como mi sacerdote.

En el día de tu primera Misa te hice saborear la paz de un alma consagrada a Mí. Te dabas a Mí enteramente. Pero bien pronto volviste a tu dejadez y en ella perseveraste durante años y años, ha pesar de mis continuas llamadas, especialmente en ocasión de los ejercicios espirituales. Para darte una sacudida te llamé a París; en el seminario encontraste ejemplos, regla y director espiritual. Pero los frutos no se notaron: siempre la misma indiferencia y el mismo apego a los propios antojos y comodidades.

Entonces te llamé a la vida religiosa; aunque reacio te forcé a entrar en el Arca de la salvación. No obstante, siempre demostraste frialdad. Tuviste la comodidad de vivir en un colegio cristiano, el estímulo de ser Rector de la Congregación: ¡todo inútil! ¿Qué quedaba, pues, por hacer? Te mandé graves enfermedades, alguna que otra peligrosa: e incluso éstas dejaron poca huella en ti; así llegaste al máximo de edad que habitualmente alcanzan los hombres, setenta años (sólo los más robustos ochenta), ahora tienes 68 años, edad que sólo superó un miembro de tu familia, de la cual te “has quedado solo”.

Tus padres, tu hermano, tus hermanas, ya se fueron todos “a su morada eterna”; tú ahora te encuentras ante el umbral de la eternidad, y aún eres dueño de tu eternidad. ¿Qué piensas hacer? ¿Querrás todavía “aplazar tu propósito” y forzarme a pronunciar finalmente: “Hemos cuidado a Babilonia,... dejémosla?” ¡Ah, no! “Ahora, ahora, queridísimo, haz todo lo que puedas, porque no sabes cuándo morirás ni qué te sucederá después de la muerte”. Pero “muy pronto te ocurrirá esto”, entonces, “levántate, comienza de inmediato y di: ¡ahora es tiempo de obrar, ahora es el tiempo conveniente para enmendarse, ahora es el tiempo de combatir!”. “Mira, Yo estoy a la puerta y llamo. Si escuchas mi voz y abres la puerta, vendré a ti, cenaré contigo y tú conmigo. Si vences te haré sentar conmigo en mi trono, así como yo he bendecido y me he sentado con mi Padre en su trono”. Por eso: “Vuelve a Mí,... y Yo te recibiré”. “¿Por qué quieres morir, casa de Israel? Convertíos y vivid”. “Volved a Mí de todo corazón”.

“¿Qué te responderé mi Dios y mi todo?” “Yo he dicho: ahora comienzo; esta conversión es obra del Altísimo y de la Altísima”.

J.M.J.

Mis dos deseos

Desearía que la Congregación de San José se empeñase sobre todo en difundir a su alrededor, y especialmente entre sus miembros, el conocimiento del amor infinito, actual e individual que Dios tiene por todos los hombres, especialmente por los fieles, y muy especialmente por sus elegidos, sus predilectos: los sacerdotes y los religiosos, y en difundir el conocimiento del amor personal que Él tiene para cada uno en particular.

¡Qué poco se conoce -incluso por parte de muchos sacerdotes- el amor de Dios por los hombres! Se lee en los libros de piedad, se predica desde el púlpito que Dios ha amado tanto a los hombres, pero no se reflexiona que es en el presente, ahora mismo, en este mismo momento, cuando Dios nos ama verdadera e infinitamente.

En general, no se tiene del amor de Dios por nosotros más que un sentimiento confuso y oscuro, implícito en la fe que se guarda en el corazón. Este sentimiento es poco o nada eficaz para iluminar nuestro amor por Él; pero si tuviéramos un claro conocimiento de esta verdad, ¡cuánto más amaríamos a Dios! Cuánta verdad hay en esta oración de San Agustín: “Que te conozca para amarte...”; “que te conozca en tus perfecciones”, pero sobre todo, “que te conozca en tu amor por mí”. ¿No es acaso cierto que no podemos dejar de amar a aquellos que sabemos que nos aman? Hasta somos capaces de amar a un perro que nos quiere.

Pero sería necesario estudiar a fondo la cuestión. Habría que persuadirse que se trata de una verdad de fe: “Nosotros hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene. Dios es amor...”; “Dios, Tú que amas a los hombres...”.

La Sagrada Escritura, la Iglesia, los santos, la razón misma apoyada en las enseñanzas de la teología, nos presentan esta consoladora doctrina. Sería necesario estudiarla atentamente.

Sería necesario estudiar la grandeza, lo infinito del amor de Dios y de Jesucristo, Hombre-Dios: “Cual es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo que sobrepasa todo conocimiento...”. Sería necesario estudiar el amor que Dios tiene incluso por los pecadores mientras están sobre la tierra. “Si Dios no amara a los pecadores, no habría descendido del cielo a la tierra”, decía San Agustín, y “No vine a llamar a los justos sino a los pecadores”, decía Jesucristo. “Tanto amó Dios al mundo (es decir a los hombres malvados) hasta dar a su Hijo unigénito”. “Pero Dios demuestra su amor por nosotros porque, mientras éramos todavía pecadores, Cristo murió por nosotros; ...cuando éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios por medio de la muerte de su Hijo”. “Ninguno tiene un amor más grande que éste: dar la vida por sus amigos”, y Jesucristo “murió por los impíos” (Rm 5, 6); “mientras éramos enemigos, ...mientras aún éramos pecadores murió por nosotros” (Rm 5, 10.8.9). “Padre perdónalos...”. Y Jesucristo conserva los mismos sentimientos que tenía sobre la cruz: “Yo soy el Señor y no cambio”. “Dios es amor”. “Así como Dios está siempre y en todas partes, también siempre y en todas partes es amor, siempre y en todas partes es misericordia” (cf. “Manual de los pobres”, cap. “La misericordia”).

“Cristo ayer y hoy”.

Habría que estudiar la respuesta a las objeciones:

1.   “Dios aborrece igualmente al impío y su impiedad”.

El sentido literal es que Dios odia a los ídolos y a aquellos que lo fabrican; pero a éstos los odia en cuanto que trabajan en contra de Dios, en cuanto que quieren ser idólatras, pecadores; igualmente se dice en otra parte que Dios detesta y odia a los pecadores, pero en cuanto que quieran permanecer así. Sin embargo Él los ama siempre:

1°)por ser obra de sus manos;

2°)por ser sus imágenes;

3°)por haber sido rescatados por la Sangre de Jesucristo, y por ser sus hermanos.

“Dios aborrece igualmente al impío y su impiedad” (Sb. 14, 9). Cornelio a Lápide así lo comenta: “Aquí se entiende por impío el fabricante de ídolos, aquel que al modelar un ídolo es como si modelase a la impiedad misma, es decir, como si fabricase un ídolo que es objeto y causa de una impía idolatría. Por otra parte, Dios odia la impiedad formal y materialmente; en cambio al impío sólo formalmente durante el tiempo que permanece impío, pero no materialmente. En efecto, el impío, en cuanto criatura de Dios y sustancia, al igual que el hombre y el ángel, es amado y apreciado por Dios. Como bien dice San Jerónimo en su sexta carta a un amigo enfermo, Dios ama al hombre como el artesano ama su trabajo, pero odia las malas acciones, a causa de las cuales el trabajo se arruina y llega rápidamente hasta su completa destrucción; y aquel que odia las malas acciones no puede amar al que las comete, como dice Salomón: ‘Dios aborrece igualmente al impío y su impiedad’. Tal como es el autor es la obra; por eso si la obra es piadosa y agradable a Dios, el autor también será piadoso y agradable a Dios, pero si en cambio la obra es impía y odiada por Dios, del mismo modo será impío y odiado de Dios su autor”.

2.   “Dios no escucha a los pecadores”.

Este era un error del ciego de nacimiento. Dios no atiende al pecador que quiere permanecer así; pero dice: “Al que venga a Mí no lo rechazaré”.

“Venid a Mí todos los que estáis fatigados”.

“Mira, estoy a la puerta y llamo”.

3.   El abandono de Dios.

Se trata de un abandono relativo, una disminución de gracias. El abandono absoluto no puede existir, ya que el hombre, desde que está sobre la tierra, está obligado a tener esperanza, así como está obligado a tener fe y caridad. De modo que si hubiera abandono absoluto de parte de Dios, el pecador ya no estaría obligado a tener virtudes que no podría tener.

Dios ama aún al hombre que es siempre obra de sus manos, siempre su imagen, aunque desfigurada, siempre capaz de alcanzar la vida eterna.

Sería necesario estudiar (esto tal vez sea lo más difícil) cómo Dios ama a todos los hombres infinitamente, y, sin embargo, a cada uno proporcionalmente a su mérito, como dice el P. Tomás de Jesús en los “Avisos espirituales” (cap. V) que colocó como prólogo de su obra sobre los “Sufrimientos de Nuestro Señor Jesucristo”.

El P. Huby, en sus “Consideraciones sobre el Amor Divino” (p. 4), escribe: “Dios me ama. Esto es cierto. ¡Dios me ama! ¡Qué alegría! ¡Qué consolación! Y me ama con un amor tan grande, tan perfecto, que es igual a Él, infinito, eterno; porque en Dios no existe la desigualdad. No existen ni el más y ni el menos; todo lo que está en Dios es Dios: grande, inmenso, eterno, infinito como Dios. Por lo tanto, ¡Dios me ama con amor infinito!”

“¡Ah! ¡Qué grandeza del amor de Dios hacia mí! Y yo, ¿cuánto amor debería tener hacia Él? Debería amarlo con amor infinito. Pero no puedo tener un amor tan grande; mi corazón no es capaz (...). Te amaré al menos con todo mi ser. Tú me amas con todo tu ser, y yo Te amo con todo mi ser. Pero Tú eres infinito y yo soy muy pequeño, muy limitado; pero quien da todo, da lo que puede, y Tú estás contento; entonces, Dios mío, te doy todo absolutamente”.

La otra doctrina que quisiera que propagara la Congregación es la de San Alfonso de Ligorio sobre la devoción a María. Pero antes habría que consultar a alguien para saber si es conveniente.

La sentencia: “Dios quiso que tuviésemos todo por medio de María” es de San Bernardo, pero no es verdad de fe. En el libro “Las glorias de María”, San Alfonso de Ligorio la sostiene y defiende valientemente; incluso Bossuet, que no es un fanático, la sostiene.

En el Seminario de San Sulpicio, el P. Thibaud (el joven), en un discurso sobre la devoción a María, decía que Monseñor Bossuet, basándose en el Evangelio, anatematiza a los que niegan que todas las gracias nos llegan por medio de María. La Oración de la fiesta de la Virgen de la Consolación, dice así: “Señor Jesucristo, que con admirable providencia has dispuesto que tuviésemos todas las gracias por medio de la bienaventurada Virgen María, concede propicio etc.”. El Papa León XIII, en la encíclica sobre el rosario, de 1894, afirma la misma doctrina.

Véanse, además, los autores y las razones alegadas por San Alfonso de Ligorio en el libro “Las gloria de María”.

Esta doctrina, creída con fe viva, ¡cuánto reconocimiento hacia María provocaría en nosotros por todas las gracias recibidas de Dios, tanto en el orden natural como en el sobrenatural! ... ¡Y cuánta confianza en ella para el porvenir! Si se la pudiese predicar, ¡cuánta confianza ‘suscitaría’ en María! Sobre todo, ¡cuánto reconocimiento, si supiésemos que aún estamos aquí, que no estamos en el infierno, porque María, María nuestra madre, nos ha obtenido esta gracia!

J.M.J.

El hijo pródigo

¡Quién es este desdichado?... ¿Qué digo?

¿Este dichoso hijo, sino yo mismo?

Este hijo abandonó a su amable y buen padre cuando aún era joven: “adolescentior”; y yo te abandoné, ¡oh mi buen Padre!, a los 14 años.

Él huyó muy lejos de Ti, ¿y yo, a qué distancia? ¿Hasta olvidarme de Ti? ¡Ah, mucho más lejos!: hasta la impiedad, hasta el esfuerzo por olvidar tus alabanzas divinas, tus salmos divinos que sabía de memoria y rechazar todos los libros de oraciones y de piedad.

Él se entregó a placeres vergonzosos. Y yo, ¡ay de mí!, yo también, si bien mi buena madre María me preservó de todo escándalo con los otros, no en las conversaciones, sino al menos, en las acciones.

Él volvió a su padre por interés: “Yo aquí muero de hambre”; y yo sólo por miedo al infierno di mis primeros pasos de regreso a la casa paterna.

Pero sobre todo me parezco al afortunado hijo por la acogida verdaderamente paternal que recibí de Dios. ¡Cuántos dones! ¡Cuántas caricias! ¡Qué banquete de fiesta!

No hablo tanto de las consolaciones y de la dulzura espiritual que Dios me hizo gustar por algunos instantes a mi regreso, para unirme a Él; hablo sobre todo de los beneficios inefables, de los privilegios extraordinarios que Él concedió al más ingrato de sus hijos, llamándome y eligiéndome entre miles - “escogido entre miles” - para la vida sacerdotal y religiosa ¡Qué multitud de dones en cada uno de estos beneficios! “¿Con qué pagaré al Señor?”.

Y para el banquete de regocijo, ¡qué banquete! ¿Y cuántas veces se repitió desde mi regreso? ¡Más de 16.000 veces!

Reflexiones de 1899

¿Qué me detiene? ¿Qué me impide? Se trata de pequeñeces: un poco de pereza, amor a la comodidad, glotonería, apego a mis antojos. ¿Y por estas cosas quiero arriesgarme al infierno?, ¿al infierno eterno? ¿Por qué no decidirme y tomar una resolución? ¡Oh, alma mía!, ¿hace falta deliberar tanto? ¡Ten coraje pobre alma mía! “La impiedad del impío no lo dañará el día en que se convierta”, ha dicho el Señor. Pues bien, entonces: “La tibieza del tibio no lo dañará el día en que se convierta de su tibieza”.

J.M.J.

¡La incomprensible gratuidad de los dones de Dios!

Veo que debería ser objeto de la execración de Dios, y - en cambio - me veo objeto del amor y de los beneficios de Dios.

“Tendré misericordia de quien quiera y tendré compasión de quien quiera compadecerme” (Ex. 33,19).

“Seré misericordioso con quien Yo quiera y me compadeceré de quien quiera compadecerme” (Rm. 9,15).

“En consecuencia, depende no del querer o del esfuerzo del hombre, sino de la misericordia de Dios. Porque la Escritura dice el Faraón... Así pues, Dios usa misericordia con quien quiere y endurece a quien quiere (cf. todo el capítulo IX de la Carta a los Romanos)”. “Donde abundó la iniquidad, sobreabundó la gracia para que nadie se gloríe”.

El buen Dios me ha amado con amor eterno

Es un trabajo continuo que Él lleva desde hace 63 años, para así realizar la gran obra de mi salvación y mi santificación. Debo decir con San Agustín: “Tú misericordia volaba a mi alrededor”, y con David: “Tu misericordia me seguía”.

Bien podría lamentarse: “Durante sesenta años estuve cerca de este ingrato y dije: ‘Este hombre me huye continuamente’”. Pero que no agregue sobre mí: “Por eso he jurado en mi indignación que no entrará en mi descanso”.

¡Qué bueno me resulta el Acto de abandono propuesto por San Francisco de Sales al final del libro del P. Caussade “El abandono a la Providencia Divina!”

Mis vocaciones

“¿Cómo pagaré al Señor?”.

El buen Dios, verdaderamente bueno conmigo, casi me ha forzado a recibir las dos vocaciones más sublimes que hay en el mundo: la sacerdotal y la religiosa, sin considerar la más necesaria, la vocación cristiana.

La vocación sacerdotal

Con respecto a la vocación sacerdotal, ¡jamás lo había pensado!”

Cuando niño, soñaba con ser algún día oficial del ejército. En el colegio proyectaba estudiar Derecho porque algunos Padres, poco prudentes, me ilusionaban diciéndome que llegaría a ser Ministro de Estado.

Durante el curso de filosofía me inclinaba por el estudio de las matemáticas porque veía que se aproximaba la época del éxito de los ingenieros.

El miembro de la familia que, primero en el colegio y luego en casa, daba la impresión de que llegaría a ser sacerdote era mi hermano mayor, incluso lo apodaban el canónigo.

Bien lo habría merecido más que yo, porque él era mucho más sabio y piadoso que yo. ¡Oh, cuánto mejor que yo habría servido él en el ministerio al buen Dios! Él que, incluso como seglar casado, tuvo tanto celo, piedad, caridad y abnegación.

Sin embargo Dios “aborreció a Esaú y amó a Jacob”, ¡y me eligió! Él me llamó, me forzó incluso a recibir el honor, la gloria y la inefable felicidad de ser su ministro, de ser “otro Cristo”, de ser “después de Dios, un Dios terreno”.

Y ¿dónde estaba yo cuando Tú me buscabas, Dios mío? ¡En el fondo del abismo, allí estaba! Allí fue a buscarme, allí hizo escuchar su voz que descuaja los cedros del Líbano. ¡Y por qué providenciales caminos me condujo hacia sí!

La vocación religiosa

En cuanto a la vocación religiosa, ella fue más todavía un don, no sólo gratuito, sino impuesto con amable violencia. ¡Jamás lo había pensado, jamás se me había ocurrido que un día sería religioso! Por mi inclinación a la libertad tenía aversión a la idea de ser religioso. ¡Sin embargo el buen Dios lo logró!

Por temor al infierno Él me impulsó a entrar en la vida sacerdotal. Luego me llamó al Colegio ‘Artigianelli’. Aquí no fui yo quien soñó con fundar una Congregación. El teólogo Berizzi había echado la semilla, Don E. Reffo la recogió. Él se confió a mí, pero yo no estaba muy de acuerdo. Sin embargo, consulté a mi confesor, el teólogo Blengio. Al principio él opinaba como yo. Don E. Reffo insistía; el confesor me pidió que todavía esperara un poco, cosa que no me disgustó. Al fin él consintió, por no tratarse más que de votos anuales.

Entonces quise consultar a mi antiguo confesor de San Sulpicio, el P. Icard. Fui a París, pero él no estaba allí: durante las vacaciones residía en Pertuis, cerca de Marsella, su tierra natal. Él me aconsejó que siguiera las disposiciones de la Providencia. En el seminario yo ya le había consultado sobre mi deseo de ser sulpiciano y él me había respondido que no.

La aprobación de los obispos, monseñores Riccardi, Gastaldi y Galleti, me alentó mucho; y aquí estoy, gracias a Dios, gracias al buen Dios, como religioso, ligado tres veces a Él.

Al P. Icard le puse la siguiente objeción: “En ese caso yo aparecería como fundador de una congregación; ahora bien, para eso Dios siempre eligió personas santas”. Él me respondió: “Es una razón para serlo”.

Pero, ¿es cierto que todos los fundadores han sido santos? Me parece que, por lo menos todos los fundadores de las verdaderas órdenes religiosas han sido santos, pero no todos lo fueron siempre. San Ignacio, San Agustín, San Jerónimo Emiliani, San Camilo de Lelis, incluso San Francisco de Asís...; pero todos murieron en estado de santidad; también San Juan de Dios, fundador de los Hermanos Hospitalarios.

Beneficios especiales de Dios hacia mí

Año 1828.        Nacimiento en un país católico, padre sabio, madre piadosa, ciudad, familia.

“ 1836.            Educación en el colegio de las Escuelas Pías.

“ 1843.            Conversión; el Abad Pullini; temor del infierno; deseo de hacerme capuchino; el canónigo          Renaldi.

“ 1843.            En filosofía, elección del estudio de la historia antigua, para evitar las malas compañías.

“ 1845.            Elección divina para la vida sacerdotal: “Yo te elegí”.

“ 1851.            Sacerdocio: “Otro Cristo, un Dios terreno”. Ejercicios espirituales; peregrinaciones.

“ 1856.            Apostolado en los centros juveniles.

“ 1866.            Seminario de San Sulpicio en París.

“ 1867.            Ingreso en el Colegio “Artigianelli”.

“ 1873             Religioso; ingreso en la Congregación de San José. Rector de la Congregación y del

                         Colegio.

“ 1885.            Primera bronquitis (1 de enero - 17 de febrero).

“ 1887.            Segunda bronquitis (17 de marzo - 23 de marzo).

“ 1888.            Tercera bronquitis (28 de enero - 10 de marzo).

                         Cuarta bronquitis (17 de noviembre - 4 de diciembre).

“ 1889.            Quinta bronquitis (11 de marzo - 20 de abril).

“ 1891.            Sexta   bronquitis (7-27 de marzo).

“ 1891             Ejercicios-

“ 1892             Ultima (?) enfermedad (2 de enero - 7 de febrero).

“ 1893             Octava enfermedad (17 de abril - ...).

Misas: ¡14.500!                                                      

Comuniones: ¡15.500!                                          

Confesiones: ¡ 2.500!                                          

¡Cuántos libros piadosos, conmovedores!

¡Cuántas inspiraciones!

¡Cuántos ejemplos de santos sacerdotes!

Para separarme del mundo y de mí mismo: salud quebrantada, parientes fallecidos, fortuna amenguada; el honor amenazado (quiebra de la imprenta).

Mi penitencia

Tomado del libro “Delicias de las almas devotas”, (p. 43): “Sobre el espíritu de penitencia y su necesidad”:

1° - La penitencia es necesaria después del pecado. El pecado no puede repararse más que a través de la penitencia. (...) Penitencia dolorosa en sus rigores, pero saludable en sus efectos: nos devuelve a Dios, a su Corazón, a su misericordia (...).

2° - Penitencia proporcional a la grandeza del pecado. Cuanto mayores y más numerosos sean los pecados, tanto más severa debe ser la penitencia (...) Si se cometieron grandes pecados, si el corazón se entregó a todos sus deseos desordenados, si se abusó de las más preciosas gracias, ... y si hay que reprocharse no sólo la negligencia en el uso de los sacramentos, sino también el abuso, quizás la profanación... ¡Gran Dios! ¡Dios infinitamente Santo, qué ultraje para Ti!... ¡Qué desgracia para un alma en esta situación! y con estos sentimientos, ¿a qué penitencia, a qué rigores debería someterse a sí mismo?...

¡Ay de mí, un solo pecado mortal merece un infierno! ¿Cuál debe ser entonces la penitencia que pueda reemplazarlo y preservar de él? Sin tus méritos y tus satisfacciones, adorable Salvador, ¿qué sería de nosotros?

Mis pecados

Saint-Jure, en “El Libro de los elegidos”, (p.90), comenta que Jesucristo fue agobiado de confusión e ignominia por los pecados de los hombres, “cuando se vio cubierto por todas las ignominias de la impureza, por una infinidad de profanaciones, de sacrilegios y de blasfemias contra la Majestad Divina, por una infinidad de perversidades que sonrojan a la naturaleza humana y asombran el mismo infierno”. (...).

“La confusión cubrió mi rostro” (Sal. 68).

¿No son éstos casos los pecados de los que yo he sido culpable? ¿No son entonces culpables del martirio interior de Jesucristo, comparado con el cual, el martirio exterior no fue nada?

La Iglesia de San Dalmacio de Turín

Entro en tu templo, ¡Oh Dios mío! ¡Qué impresión de paz y amor! En efecto, todo aquí me habla de amor,... de ese amor que has tenido y tienes aún por mí, y de ese amor que te debo.

Aquí están las fuentes sagradas donde tu amor me dio la inocencia y me adoptó como hijo tuyo mediante el santo Bautismo.

Avanzo unos pasos y veo el tribunal sagrado donde, por medio de tu ministro el Abad Pullini, me devolviste por primera vez la pureza y la paz del corazón, en mi infancia; pero, sobre todo, cuando, en 1843, a mi regreso del colegio de Savona, verdadero hijo pródigo, cargado de mil pecados, vine a confesarte: “Padre, he pecado contra el cielo y contra Ti”. Entonces Tú abriste a mi oración tus entrañas paternales, escuchaste esta oración y tomaste nuevamente posesión de un alma destinada a ser templo tuyo, pero que durante tanto tiempo no había sido más que una morada de demonios.

¡Oh, qué palpable se me hizo entonces tu misericordia! “¿Cómo pagaré al Señor?”.

Más allá esta el sagrado púlpito. Allí debajo, tú me hiciste escuchar por primera vez tu llamada a la vida religiosa. El temor al infierno y el respeto humano -que en el colegio me había arrastrado por los senderos de la condenación eterna- fueron las cadenas con las que Tú me atrajiste. Yo pensaba que si hubiera estado lejos del mundo, no habría tenido nunca más respeto humano. Mi primera idea fue la de pedir hacerme capuchino, pero fui disuadido por el canónigo Renaldi que me propuso que abrazara la vida sacerdotal, en que ya no tendría que temer los respetos humanos más que entre los capuchinos.

Desde entonces, mi Dios y mi Padre, Tú me has llevado paso a paso hasta la gloria del sacerdocio, hasta el puerto de la Religión.

Más lejos, a la izquierda, se encuentra la capilla de la Virgen de Loreto, de esa Madre que tu amor me ha regalado, la Madre del amor hermoso: “Madre del amor hermoso y de la santa esperanza”.

Aquí fue donde la buena Madre me libró de una cruz bien pesada, y me libró apenas acudí a ella, cuando le recordé que nadie jamás recurrió a ella sin ser escuchado. La gracia que ella me concedió y de la que estaré eternamente agradecido es ésta: me había invadido el temor de llegar a enloquecer y, si ella no me hubiera librado, tal vez ahora estaría loco. “Cantaré eternamente las misericordias de María”.

J.M.J.

Confesiones

Confesión durante una enfermedad

1885. Durante mi primera bronquitis, viéndome en peligro, hice llamar al teólogo Blengio. Hice mi confesión como si fuese la última. Quedé sorprendido y atribulado cuando el confesor me dijo: “¡Ah, sí!, roguemos al buen Dios, diciéndole: ‘Compadécete de mí, oh Dios, según tu más grande misericordia’”.

Confesión antes de la ordenación sacerdotal

Hice mi confesión general ante el P. Durando, Lazarista. Cuando habló del abandono que hice de Dios en el colegio, él me preguntó durante cuánto tiempo había sido yo tan perverso. Este título me causó mucho impacto.

J.M.J.

La Iglesia de la Visitación de Turín - Santa Clara

¡Cuánto amo a la pequeña Iglesia de la Visitación!

Allí, en 1845, el día de la fiesta de San Leonardo, recibí el hábito clerical de manos del Abad Pullini. Estaba presente toda mi familia, encabezado por mi madre. Nadie -excepto mi confesor, el Abad Pullini- sabía nada de mi triste pasado. Pero para los ángeles del cielo y para Jesucristo desde su tabernáculo, para ellos, ¡qué espectáculo!, ¡qué prodigio de la misericordia de Dios! No hacía ni dos años cuando este miserable, a los 15 años, era un blasfemo, un impúdico, un impío que se esforzaba por ahuyentar de su triste espíritu el recuerdo de las cosas de Dios, ¡y hasta a Dios mismo! Y he aquí que el Dios infinitamente bueno, infinitamente misericordioso, no sólo perdona todo sino que todo lo olvida y elige para la más sublime y divina vocación, la vida sacerdotal, a este indigno aborto, este monstruo de miseria y de maldad que aún iba a ser (y el buen Dios lo sabía por anticipado), un monstruo de ingratitud.

¡Ah, si después de mi conversión hubiese sido fervoroso, penitente, generoso con Dios como la Magdalena, Agustín y tantos otros pecadores convertidos, la misericordia de Dios hacia mí no habría sido algo tan sorprendente! Pero Tú sabes, Señor, cómo ha sido mi vida después de eso que me gusta llamar mi conversión: una vida floja, descaradamente cómoda, sin penitencia ni fervor; hasta el punto que no sé si, a los ojos de los ángeles, sea menos abominable una vida transcurrida en tan oscura ingratitud y tan vergonzoso olvido del pasado o una vida transcurrida en la sensualidad y la impiedad.

   (Fin del TESTAMENTO ESPIRITUAL de San Leonardo Murialdo)

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